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Las flores en la literatura Medieval y Renacentista

La literatura medieval y renacentista española aluden, a menudo, a las flores. Su empleo, por lo tanto, puede considerarse ya como un tópico literario. La poesía lírica, desde siempre, ha escogido distintos símbolos para reflejar estados de ánimo y sentimientos y, precisamente por ello, las flores suelen acompañar con su presencia multitud de poemas.

Significados

La rosa debe ser una de las más evocadas por su belleza, pero también porque es efímera y a menudo sirve de advertencia a aquellos que creen que lo mundanal ha de durar, cuando es justo lo contrario.

La azucena o las flores de azahar son indicadoras de pureza, de candor, de virginidad al lado de los lirios o de la flor del alhelí o los nardos.

La violeta o la amapola como humildes presencias, cada una en su territorio, una en jardines y otra de manera salvaje, casi descuidada.

La margarita como señal de los estados de ánimo volubles o infinidad de flores que aportan alegría, tristeza, melancolía, dramatismo o ternura a los poemas.

Gonzalo de Berceo y la poesía popular Medieval

En plena Edad Media, Gonzalo de Berceo en su Introducción alegórica a los Milagros de Nuestra Señora describe un lugar deleitoso cuajado de flores:
“La verdura del prado, la olor de las flores,/ las sombras de los árboles de tempranos sabores/ refrescaron me todo, e perdí los sudores/ podrie vevir el omne con aquellos olores”.
La poesía popular medieval, que se recoge en los Cancioneros, no deja de incluir el saber popular y la referencia a las flores como elementos que se pueden identificar claramente con el amor y su cortejo:
“Lindas son rosas y flores,/ más lindos son mis amores”./ “Ya florecen los árboles, Juan:/ ¡mala seré de guardar!/ Ya florecen los almendros/ Y los amores con ellos / Juan,/ Mala seré de guardar./ Ya florecen los árboles, Juan:/ ¡mala seré de guardar!”

El Romancero
 
En los Romances, ya a finales de la Edad Media, la alusión a flores, a árboles, a elementos vegetales no es infrecuente. Sin ir más lejos se pueden leer los espléndidos versos del Romance del Conde Olinos, que hablan del amor poderoso más allá de la muerte:
“De ella nació un rosal blanco,/ de él nació un espino albar,/ crece el uno, crece el otro,/ juntos se van a abrazar”.

Las Serranillas

En las Serranillas, el marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, recrea también un escenario propicio para estas muchachas bellas y gráciles. En La moçuela de Bores se lee:
“Mas vi la fermosa / de buen continente,/ la cara plaziente,/ fresca como rosa,/ de tales colores/ cual nunca vi dama,/ nin otra, señores”.

Garcilaso de la Vega y el Renacimiento

Garcilaso de la Vega, en el Renacimiento, emplea la rosa, una de las flores más aludidas de todos los tiempos, para recordar que todo es efímero y que hay que vivir la vida la juventud, sobre todo, las mujeres; además de comparar el color de su dama con el de la azucen por su especial blancura. El tópico de “Carpe diem” está claro:
“Marchitará la rosa el viento helado,/ todo lo mudará la edad ligera,/ por no hacer mudanza en su costumbre”.

Fray Luis de León

Y Fray Luis de León, a la manera franciscana y con falsa modestia, todo hay que decirlo, opinaba que sus “poemas eran florecillas que se le cayeron de las manos”, aunque, bien es cierto que se trata de una poesía muy trabajada. Así, en la Oda a la Vida retirada, influida por Horacio, pondera la vida alejada del “mundanal ruido”, es decir un “beatus ille”. En una de las liras se lee:
“Del monte en la ladera / por mi mando plantado tengo un huerto,/ que con la primavera,/ de bella flor cubierto,/ ya muestra en esperanza el fruto cierto”.

El "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz

Aún en el S. XVI, San Juan de la Cruz, el gran místico español, en el Cántico espiritual, mediante una ambientación bucólica, intenta explicar la vía unitiva; esto es, la unión del Alma con Cristo. De este modo dice la Esposa:
“Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas;/ ni cogeré las flores / ni temeré las fieras,/ y pasaré los fuertes y fronteras”.

En otro momento añade, ya cuando se ha encontrado con el Esposo:
“Nuestro lecho florido,/ de cuevas de leones enlazado,/ en púrpura tendido,/ de paz edificado,/ de mi escudos de oro coronado”.

Y en pleno diálogo amoroso, culmina:
“¡Oh ninfas de Judea,/ en tanto que en las flores y rosales/ el ámbar perfumea,/ mora en los arrabales/ y no queráis tocar nuestros umbrales,...”

Son, pues, muchos los poetas que, en la Edad Media y el Renacimiento, acuden a las flores como tema central o como decorado de sus poemas. Sea como sea, la presencia de la flor en la literatura española es recurrente y muy importante.

fotografía de Rei Ayanami en Tokyotres
Licencia de Creative Commons

Las flores de Sidney West / Juan Gelman II


Lamento por las flores de David Burnham (fragmento)

flores de miel flores de piel flores
calientes salían de David Burnham
quieto en el aire frío lunar
sin remedio sin adioses sin Dios

¡ah David Burnham!
su clavícula clavada en el cosmos era la que más florecía
extrañas vidas daba para la época
en que la gente era infeliz


Lamento por el vuelo de Bob Chambers (Fragmento)

la vez que a Bob Chambers lo vieron estaba
poniendo lento el día
dura la vista claro el corazón
le dieron una cama de rosas que fue a tirar al mar


Lamento por los pies de Carmichael O’shaughnessy (Fragmento)

Carmichael O’shaughnessy mi dios
con el camino en la mano era un planeta
girando y girando en la mañana cerrada
como cubierto de lirios y de trigos


Lamento por la tripa de Helen Carmody (Fragmento)

“no apartes la muerte de ti Helen” dijeron
“no quiebres el espejo árbol florido”
le dijeron a Helen Carmody en función
qué triste era todo esto

mejor hubiera sido callar
las verdes hierbas saben dar amarillo
y Helen sola oscura
no sabe nada nada


Lamento por la niña blanca de Johnny Petsum (Fragmento)

allí Johnny Petsum mató
al carcelero del rosal

al que envenena las pechugas de ave
al que ensuciaba boca a boca los aires del río


Fragmentos tomados de:
Los Poemas De Sidney West
Juan Gelman
Traducciones III
(1968-1969)

Las flores de Sidney West / Juan Gelman





















Lamento por el pájaro de Chester Carmichael (Fragmento)
se acabó Chester Carmichael
se fue con nardo en la mano acompañado por cien mil monos
que cantaban bailaban como las niñas y los niños de Melody Spring
 
no hubo sollozos gritos flores sobre su corazón

Lamento por el sapo de Stanley Hook (Fragmento)
“oye mío” le decía “hay muerte y vida día y noche sombra y luz”
decía Stanley Hook “y sin embargo te amo sapo
como amaba a las rosas tempranas esa mujer de Lesbos
pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler”

Lamento por el ciruelo de Cab Cunningham (Fragmento)
¡oh! Cab Cunningham no se hacía ninguna ilusión
con lágrimas secas regaba el ciruelo
que florecía de espaldas al asunto

peleando con los pájaros que lo venían a romper

Lamento por los que envidiaron a David Cassidy (Fragmento)
¿alguno sabe realmente qué hacer?
David Cassidy pisa rosas muertas ha mucho
y levanta un olor a podrido frágil
como la tía francesa que escapó al amanecer

David Cassidy seguirá convirtiéndose en rosas distraídas que los niños arrancarán

será un bello final una bella continuación mejor dicho
en vez de andar vagando por tanta tierra agua fuego y otoño
como todo lo que se tuesta asa quema o chamusca

Lamento por los alelíes de Ost Maloney (Fragmento)
¡oh madre acostada sobre Maloney como pedazos de alelí!
perfumaba todo el mar de la siesta y el ciclón de sus tardes
le cerraba la boca
le cerraba la boca en realidad

no fue en yerba que se convirtió Maloney en perla o coral
sino en cosa con mucho mal olor
que ojalá metan en la tierra algún día
ojalá teja la sombra podrida del aéreo alelí

Lamento por la nuca de Tom Steward (Fragmento)
a media hora de enterrarlo en consecuencia
salió volando del cementerio de Oak
hizo un arco furioso sobre el silencio vecinal
en el lugar de su tumba no hay flores
crecen silbidos caballos crecen

Lamento por los pies de Andrew Sinclair (Fragmento)
acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación
los pechos daban flores de leche que caían al piso
y calentaban la memoria
ahora que Andrew Sinclair es grande


Fragmentos tomados de:
Los Poemas De Sidney West
Juan Gelman
Traducciones III
(1968-1969)

Las flores de Li-Po




Bebiendo solo a la luz de la Luna (fragmento)

Entre las flores, un tazón de vino

bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la Luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.

Feliz encuentro (fragmento)

Las flores se abren más y más bellas en las ramas;
mientras la primavera avanza hacia su fin

ellas sólo piensan en las delicias del rocío y la lluvia,
¡no piensan nunca en su fin tan cercano!

Poema (fragmento)

Gracias al Sol florecen los perales y duraznos,
¡qué lujo y seducción esparcen sus bellas flores!

El viento del Este acaricia todas las cosas,
y árboles, y hierbas parecen querer hablar.

El sapo ataca a la Luna de Yao-Tai (fragmento)

El laurel roído por los insectos florece, pero no trae frutos,
el cielo duplica su desgracia cubriéndolo de escarcha.

Me entristece. Suspiro en la larga noche solitaria
y las lágrimas humedecen mi ropa.


























Poema (fragmento)

Las flores de los sauces llorones son más resplandecientes
que la nieve de la Puerta de Jade,


El canto del agua verde (fragmento)

Agua verde, brillante Sol de otoño,
en el Lago del Sur están juntando lentejas de agua.
Los lotos, tan amorosos que parecen a punto de hablar,
llenan a los bogadores de desesperación.


Poema (fragmento)

A los quince años penetré en el palacio de los Han,
mi rostro de flor sonreía a las rosas de la primavera.

Imagen de Hans Braxmeier en Pixabay 

Fragmentos tomados de Biblioteca Ignoria

Las flores como símbolos eróticos en la obra de Jorge Isaacs

Por: Valerie Masson de Gómez
Saint Mary´s College of California
Moraga, California


El intercambio de flores como emblemas de amor es uno de los ―ritos de fetichismo amoroso característicos de la novela sentimental, y en María (1867), del colombiano Jorge Isaacs, los protagonistas Efraín y María otorgan esta función simbólica a la rosa y a la azucena silvestre. En su estudio de esta novela Donald McGrady sugiere que, aparte del significado explícito conferido en dicha obra a la rosa y a la azucena.

Lea el artículo completo Aquí 

Las Flores de Juan Rulfo














Pedro Páramo

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de yerbas; hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único.

¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta yerba? «La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para invadir las casas. Así las verá usted.»
Había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores.

«... No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo. »
Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos. Estaba sobre una tarima, en medio de la iglesia, rodeado de cirios nuevos, de flores, de un padre que estaba detrás de él, solo, esperando que terminara la velación
-¡Tómelo! Le hará bien. Es agua de azahar. Sé que está asustado porque tiembla. Con esto se le bajará el miedo.
Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio.

Es domingo. De Apango han bajado los indios con sus rosarios de manzanillas, su romero, sus manojos de tomillo. No han traído ocote porque el ocote está mojado, y ni tierra de encino porque también está mojada por el mucho llover. Tienden sus yerbas en el suelo, bajo los arcos del portal, y esperan.


«Si al menos hubiéramos traído tantito pulque, no importaría; pero el cogollo de los magueyes está hecho un mar de agua. En fin, qué se le va a hacer».

«Lo caro que está todo en este tiempo -dijo, al tomar de nuevo el camino hacia la Media Luna-. Este triste ramito de romero por diez centavos. No alcanzará ni siquiera para dar olor.»

Los indios levantaron sus puestos al oscurecer. Entraron en la lluvia con sus pesados tercios a la espalda; pasaron por la iglesia para rezarle a la Virgen, dejándole un manojo de tomillo de limosna.

Justina Díaz entró en el dormitorio de Susana San Juan y puso el romero sobre la repisa.

«El dulce de menta es azul. Amarillo y azul. Verde y azul. Revuelto con menta y yerbabuena

Limpió el agua del florero roto. Recogió las flores. Puso los vidrios en el balde lleno de agua.

El llano en llamas
Nos han dado la tierra

Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.

El hombre

Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.

Macario

La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién paridad; pero no, no es igual d e buena que la leche de Felipa... Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. 

Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes , o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre.

De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco


Luvina

Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.

"Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.


Anacleto Morones

¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos. Ni de dónde escoger.

Imagen de adege en Pixabay 

Flores en la poesía española (II)



MODERNISMO Y GENERACIÓN DEL 98
Cabría recordar, aunque sólo sea el título, la obra de un gran escritor francés, de los considerados malditos, Las flores del mal, de Baudelaire. En el Modernismo, con Rubén Darío a la cabeza, los poemas se pueblan de estanques llenos de nenúfares y de flores de loto, de flores de lis, de bailes y de anémonas, de riqueza sensorial sin límite. Los hermanos Álvarez Quintero, por esa época, aunque en teatro, bautizan Malvaloca a una de sus obras más emblemáticas. Manuel Machado, en sus versos, no deja de emplear flores -rosas, jazmines, adelfas...-, pero de manera metafórica:
"En mi alma, hermana de la tarde,
no hay contornos...
la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color."
"Morir es... Una flor hay en el sueño
-que al despertar ya no está en nuestras manos-
de aromas y colores imposibles...
Y un día sin aurora la cortamos".
O esos otros tenues versos de "El viento":
"...Y perfume
de jazmines
y una risa..."
Y en el soneto que dedica a "La Infanta Margarita", de las "meninas":
"Como una flor clorótica el semblante
que hábil pincel tiñó de leche y fresa,
emerge del pomposo guardainfante,
entre sus galas cortesanas puras".
Y las adelfas, por supuesto, en "Nocturno madrileño":
"De un cantar veneno,
como flor de adelfa".
Francisco Villaespesa dedica un soneto de belleza exquisita al jazmín que le trae otros recuerdos y que copiamos íntegro porque acaso no sea muy conocido y bien vale la pena:
PUREZA DE JAZMINES
¡Jazminero, tan frágil y tan leve
que bastara con un soplo de aliento
para que disipases en el viento
tu intacta castidad de plata y nieve!
Tu pureza me evoca aquella breve
mano de espumas y encantamiento,
que ni siquiera con el pensamiento
mi corazón a acariciar se atreve.
Con su blancura a tu blancura iguala;
con tus piedades sus piedades glosas...
como tú, tiene el corazón florido.
Y, también como tú, también exhala
sobre el eterno ensueño de las cosas
un perfume de amor, luna y olvido"
Salvador Rueda en "Idilio y elegía" habla de los pueblos campesinos y del campo al que exalta:
"Tendieron las cañadas
sobre el claro cristal de las albercas
doseles de granadas
y rebosaron las lujosas cercas
cálices con pistilos como ajorcas
manzanas por el sol arreboladas,
penachos de mazorcas,
de hebras azafranadas,
pimientos en racimos
como borlones de esmeraldas hermosos,
y duraznos opimos,
y cermeñas sabrosas,
y membrillos, del huero gloria y gala,
y oleadas espléndidas de rosas
y claveles cual luces de bengala".
Antonio Machado se recreará -como todos los de su Generación- en el paisaje castellano y cantará de las tierras sorianas, en las que resalta el camino de San Polo a San Saturio, cuajado de álamos. A. Machado, como ya sabemos, es el autor del poema "Al olmo" en donde aborda un tema que a él le es muy grato: la resurrección primaveral, el milagro de la primavera. Pero no olvida sus raíces sevillanas y recuerda el patio del Palacio de las Dueñas, en el que nació, donde madura el limonero o la yerbabuena que tenía su madre en los balcones... Y ya en la Guerra Civil escribe un rotundo soneto, "La muerte del niño herido", donde identifica a ese niño que muere ante la impotencia de su madre con una "flor de fuego", esto es, traspasado por la fiebre.
J. Ramón Jiménez emplea también la rosa a manera simbólica para representar su Obra y dice: "No le toquéis ya más, que así es la rosa". En estos versos se resume la esencia de su poesía pura; es decir, cuando el poema ha llegado a la perfección, a la rosa, ya no hay que añadirle nada mas, dejarlo como creación absoluta. El poeta de Moguer, en sus primeros poemas, también acude a las notas modernistas de las flores como pueden ser las lilas, que aportan notas suaves, nostálgicas a sus poemas:
"Con lilas llenas de agua,
le golpeé las espaldas.
Y toda su carne blanca
Se enjoyó de gotas claras".
El Juan Ramón Jiménez de su poesía primera está cercano al modernismo y a la poesía de Bécquer:
"¡Ay, camino! ¿A dónde vas,
todo verde y florido,
a la música doliente
de los álamos del río?"
VANGUARDIAS Y GRUPO DEL 27
Vicente Huidobro, el padre del Creacionismo, aguijonea y provoca a los poetas diciéndoles, mejor, casi exigiéndoles:
"¡Oh, poetas, no cantéis la rosa
Hacedla florecer en vuestros versos".
Los autores del 27 tampoco desdeñan las alusiones vegetales florales. Federico García Lorca es quizás uno de los mejores ejemplos -aunque también podemos recordar el espléndido Soneto al ciprés de Silos de G. Diego-.
Lorca emplea nardos, claveles y rosas para simbolizar la blancura y el contraste con la sangre. Son imágenes poderosísimas que aparecen en su Romancero gitano:
¿No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
Lleva tu pechera blanca.
"Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo".
"Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
La nueva luz se corona".
Lorca no deja de emplear estas imágenes y siguen apareciendo en Poeta en Nueva York, ahí leemos un poema angustioso, un poema visionario, "La aurora de Nueva York" en donde emplea el "nardo" como símbolo negativo:
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
Rafael Alberti en "San Rafael (Sierra de Guadarrama)" escribe una cancioncilla de corte tradicional aunque con tono negativo en que las zarzas y los rosales sin vida juegan un papel importante:
"Zarza florida.
Rosal sin vida.
Salí de mi casa, amante,
por ir al campo a buscarte
y en una zarza florida
hallé la cinta prendida,
de tu delantal, mi vida.
Hallé tu cinta prendida,
y más allá, mi querida,
te encontré muy mal herida
bajo del rosal, mi vida.
Zarza florida.
Rosal sin vida;
bajo del rosal sin vida".
En un soneto dedicado a la pintura, "A la retina", también alude a un jardín, aunque se trata de un jardín especial:
"A ti, jardín redondo, donde mora
de par en par pintada la belleza;
flor circular que irisa en su cabeza
del rayo negro al rubio de la aurora".
Rafael Alberti también recoge la carga reivindicativa que tienen las flores, recordemos sin ir más lejos su poemario Entre el clavel y la espada.
Dámaso Alonso, en el poema "Insomnio, espléndido poema de Hijos de la ira, clama a Dios y le increpa:
"Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?"
Vicente Aleixandre, por su parte, inicia "Criaturas de la Aurora" con estos versos:
Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.
Entre las flores silvestre recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.
Emilio Prados en "Cuando era primavera..." se lamenta de la situación en que vive España y recuerda el pasado, cuando era "primavera":
"Cuando era primavera en España:
frente al mar los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche...
¡Cuando era primavera!"
DE LA POSGUERRA A LOS 50
Juan Gil-Albert, que practicó el exilio interior, en "Elegía a una casa de campo" recuerda un pasado que ya no está, que ha sido arrebatado por la violencia:
El tiempo que fluía superfluamente
como en el desarrollo de una flor,
¿ha podido barrenarse sin estrépito
y una sima intransitable separarnos
desde hace breves horas?
Miguel Hernández, que es un poeta del 36, como ya sabemos, al final de su espléndida "Elegía a Ramon Sijé", la más bella elegía que nunca se haya escrito escribió con emoción contenida:
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
En la sobrecogedora nana que le escribe a su hijo en la cárcel, "Nanas de la cebolla" compara las flores con ese pequeño que vencerá, que será la libertad que el padre no tuvo:
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
Y las alondras.
Rival del sol,
Porvenir de mis huesos
Y de mi amor.
Y compara también los dientes del niño con jazmines:
"Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
Ferocidades.
Con cinco dientes
Como jazmines
Adolescentes".
Victoriano Crémer en "Hombre concreto" baja la voz para mencionar el ritmo de la flor y compararla con la esperanza:
"(A veces, una flor, casi unánime, construye
ante los ojos el asombro; acaso el beso
se disfraza de dicha insospechada,
o levantamos la mirada al cielo)".
En el grupo poético de los 50, Francisco Brines, por ejemplo también alude a un jardín en Las brasas, aunque es un jardín triste y desolado:
"El jardín está mísero, y habita
ya la ausencia como si se tratase
de un corazón, y era una tierra verde".
En "Cuando yo aún soy la vida", en Aún no, hay también una mención a la rosa, aunque no se trata precisamente de la flor:
"...La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida."
Claudio Rodríguez en Don de la ebriedad incluye un poema en el que retrata la imagen de una flor como símbolo de lo poco duradero:
"¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega...."
PUNTO Y SEGUIDO
Sin duda, encontraríamos múltiples y hermosos ejemplos más que asocian las flores a tal o cual estado o sentimiento, la timidez con la violeta, la pureza con las azucenas o los lirios, la inconstancia con las margaritas -me quiere, no me quiere-; pero valgan los ejemplos citados como acicate para que el lector disfrute de la poesía y lo haga con los ojos del amor y del corazón.
Y, sin duda también, que localizaríamos otros poemas menos líricos y más reivindicativos que también aluden a la flor como símbolo, ya sea la flor roja como la sangre o como la pasión y la fortaleza.
No cabe duda que, gracias al universo floral, hemos podido recordar algunas de las páginas de nuestra literatura.

Las flores en la poesía española II

Desde siempre la poesía, la lírica, ha escogido distintos símbolos para reflejar estados de ánimo y sentimientos y, precisamente por ello, las flores suelen acompañar con su presencia multitud de poemas. Las flores y su uso que ya se pueden considerar como tópicos literarios en muchos poemas, con una larga tradición sus espaldas. De una manera que nunca será exhaustiva vamos a tratar de centrar algo más el papel de las flores en la poesía española.La rosa debe ser una de las más evocadas por su belleza, pero también porque es efímera y a menudo sirve de advertencia a aquellos que creen que lo mundanal ha de durar, cuando es justo lo contrario. La azucena o las flores de azahar son indicadoras de pureza, de candor, de virginidad al lado de los lirios o de la flor del alhelí o los nardos. La violeta o la amapola como humildes presencias, cada una en su territorio, una en jardines y otra de manera salvaje, casi descuidada. La margarita como señal de los estados de ánimo volubles o infinidad de flores que aportan alegría, tristeza, melancolía, dramatismo o ternura a los poemas.
EDAD MEDIA
Si volvemos la mirada atrás, en una ejemplificación rápida ya Gonzalo de Berceo en su Introducción alegórica a los Milagros de Nuestra Señora describe un lugar deleitoso cuajado de flores:
"La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árboles de tempranos sabores
refrescaron me todo, e perdí los sudores
podrie vevir el omne con aquellos olores".

La poesía popular medieval, que se recoge en los "Cancioneros", no deja de incluir el saber popular y la referencia a las flores como elementos que se pueden identificar claramente con el amor y su cortejo:
"Lindas son rosas y flores,
más lindos son mis amores".
"Ya florecen los árboles, Juan:
¡mala seré de guardar!
Ya florecen los almendros
Y los amores con ellos
Juan,
Mala seré de guardar.
Ya florecen los árboles, Juan:
¡mala seré de guardar!"
En los Romances, ya a finales de la Edad Media, la alusión a flores, a árboles, a elementos vegetales no es infrecuente. Sin ir más lejos allí tenemos los espléndidos versos del "Romance del Conde Olinos", que nos hablan del amor poderoso más allá de la muerte:
"De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar,
crece el uno, crece el otro,
juntos se van a abrazar".
En las "Serranillas", el marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, recrea también un escenario propicio para estas muchachas bellas y gráciles. Leemos en "La moçuela de Bores":
"Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara plaziente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama,
nin otra, señores".
RENACIMIENTO
Garcilaso de la Vega, en el Renacimiento, emplea la rosa, una de las flores más aludidas de todos los tiempos, para recordarnos que todo es efímero y que vivamos la vida la juventud, sobre todo, las mujeres; además de comparar el color de su dama con el de la azucen por su especial blancura:
"Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre"
Y Fray Luis de León, a manera franciscana y con falsa modestia, todo hay que decirlo, opinaba que sus "poemas eran florecillas que se le cayeron de las manos", aunque, bien es cierto que se trata de una poesía muy trabajada. Así, en la "Oda a la Vida retirada", influida por Horacio, pondera la vida alejada del "mundanal ruido", es decir un beatus ille y, en una de las liras, leemos:
"Del monte en la ladera
por mi mando plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto".
Aún en el S. XVI, San Juan de la Cruz, el gran místico español, en el "Cántico espiritual", mediante una ambientación bucólica, intenta explicar la vía unitiva; esto es, la unión del Alma con Cristo. De este modo dice la Esposa:
"Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras".
En otro momento añade, ya cuando se ha encontrado con el Esposo:
"Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mi escudos de oro coronado".
Y en pleno diálogo amoroso, culmina:
"¡Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales
y no queráis tocar nuestros umbrales..."
BARROCO
Los poetas barrocos -Góngora, Quevedo...- fueron más lejos y, llevados de su pesimismo que no era otro que el de la época, mostraron la rosa y las demás flores -clavel, alhelí...- como símbolo de la propia vida, que es polvo, humo, nada; como símbolo de las glorias mundanas que no nos trascienden, aunque Góngora es capaz de aunar las dos caras, la más festiva y alegre, con sus letrillas, y aquella otra pesimista y dura con sus poemas severos:
"Las flores del romero,
niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel".
(Góngora)
"Flor es el jazmín, si bella,
no de las más vividoras,
pues dura pocas horas
que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella
la flor que él retiene en sí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y sombra mía aun no soy".
(Góngora)
"Goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue tu edad dorada
oro, lilio, clavel luciente,
no sólo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Góngora en "Prevención ante el Amor", un magnífico soneto, advierte a los amantes sobre los peligros del amor, porque entre las flores puede esconderse la serpiente:
"Amor está, de su veneno amado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas, que a la Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno;
Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora.
Y sólo del Amor queda el veneno".
Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, escribió poesía y hay muchos poemas populares que se le atribuyen y en los que destacan también la presencia de plantas y flores, puesto que se pondera la vida rural:
"A la viña viñadores,
que sus frutos de amores son;
a la viña tan garrida,
que sus frutos de amores son;
ahora que está florida,
que sus frutos de amores son,
a las hermosas convida
con los pápanos y flores:
a la viña, viñadores,
que sus frutos amores son".
O un "Cantar de siega" en donde habla del color de la piel de las mujeres que trabajan en el campo, que empiezan siendo blancas -azucena, dice aquí- y acaban siendo morenas, cuando el ideal de belleza de la época era el color pálido, que indicaba que la mujer poco trabajaba en menesteres campesinos:
"Mi edad al amanecer
era lustrosa azucena;
diome el sol y ya soy morena".
ILUSTRACIÓN
Los ilustrados en el S. XVIII no consideraban que la poesía fuese un negocio serio ya que sus afanes iban por otros derroteros, como cambiar el país y modernizarlo. Sin embargo, la poesía didáctica, moralizante, ejemplificadora también echa mano de las flores. Así José Antonio Porcel en "Fábula de Alfeo y Aretusa" dice, describiendo a la ninfa:
"No ilustró del Taigeto la escabrosa
cumbre ninfa más bella, pues la frene
en cada estrella vence luminosa
los ojos, que abre el cielo transparente;
de cuanto en sus mejillas mezcla hermosa
hizo con el jazmín, clavel ardiente,
queda un, que en dos hojas se señala,
que encierra perlas, y ámbares exhala."
Gaspar Melchor de Jovellanos empieza la "Epístola a Batilo" de esta manera:
"Verdes campos, florida y ancha vega,
donde Bernesga próvido reparte
su onda cristalina; alegres prados...".
Ahora bien, los autores deciochescos son más prácticos y a menudo ven más el fruto que las flores. Samaniego en "La zorra y las uvas" así lo explica:
"Cansábala mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas".
José Iglesias de la Casa en "La rosa de abril" escribe una letrilla en donde esta rosa simboliza la juventud efímera:
"Zagalas del valle,
que al prado venís
a tejer guirnaldas
de rosa y jazmín,
parad en buen hora
y al lado de mí
mirad más florida
la rosa de abril".
Juan Meléndez Valdés escribe anacreónticas en donde pondera el goce de los sentidos. Lo leemos en la "Oda De is niñeces":
"Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,
de que alegres guirnaldas
con gracia peregrina,
para ambos coronarnos,
su mano disponía."
En "El amor mariposa" compara el amor con una mariposa que va de flor en flor:
"Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga".
En "La paloma de Filis" compara el regazo de la dama con las azucenas y él bien quisiera reposar allí como una palomita:
"Inquieta palomita,
que vuelas y revuelas
desde el hombro de Filis
a su hala de azucenas;
si yo la inmensa dicha
que tú gozas, tuviera,
no de lugar mudara,
ni fuera tan inquieta".
ROMANTICISMO
En el Romanticismo, las flores, los vergeles aparecen para ilustrar múltiples poemas, sobre todo aquellos que aluden a Al-Andalus, como pueden ser las Orientales de Zorrilla, llenas de ritmo y magia.

"Tengo un palacio en Granada,
Tengo jardines y flores,
Tengo una fuente dorada
Con más de cien surtidores"
La búsqueda romántica es irrealizable, operan en el vacío, se sienten desposeídos; de ahí que, por ejemplo, Novalis, aunque no sea un poeta español, ande buscando la flor azul.
Hermosa es, sin duda la composición de Juan Eugenio Hartzenbusch "La Flor No me olvides" donde recrea el origen legendario de esta flor:
"Una flor azul celeste
vio flotar sobre las aguas,
y con un tierno suspiro
dijo entre sí estas palabras:
"¡Flor infeliz, de una vida
que ser no pudiera larga,
bien temprano te despojan
esas olas inhumanas!".
José de Espronceda en el Canto a Teresa, recuerda su gran amor por Teresa Mancha que ya ha muerto y lo plasma en octavas reales, en alguna escoge las flores como imagen poética con la que identifica a la amada:
"Que yo como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay! Al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía
Yo, inocente también, ¡oh! Cuán ufana
Al provenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor con cuanto anhelo,
Pensé contigo remontarme al cielo!"
Gertrudis Gómez de Avellaneda en "A él" se ve a sí misma como una flor, la flor de su juventud:
"Melancólico fulgor
Blanca luna repartía,
Y el aura leve mecía
Con soplo murmurador
La tierna flor que se abría"
Enrique Gil y Carrasco escribe un largo poema, "La violeta" en el que identifica su soledad, su propio estado de ánimo con una violeta:
"Tú allí crecías olorosa y pura
Con tus moradas hojas de pesar;
Pasaba entre la yerba tu frescura,
De la fuente al confuso murmurar".
Carolina Coronado dedica un poema a la "Rosa blanca" en el que nos habla delo efímero de la vida y del papel de los poetas:
"La luz del día se apaga;
Rosa blanca, sola y muda,
Entre los álamos vaga
De la arboleda desnuda,"
(...)
"El poeta, "suave rosa"
Llamóla, muerto de amores...
¡El poeta es mariposa
Que adula todas las flores!
Bella es la azucena pura,
Dulce la aroma olorosa,
Y la postrera hermosura
Es siempre la más hermosa".
Gustavo Adolfo Bécquer no podía ser ajeno a las flores y plantas en sus Rimas habla de "azules campanillas, violetas y azucena tronchada" y también, en unos célebres versos de que la naturaleza nunca es la misma porque todo pasa:
"Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar
Y otra vez a la tarde aún más hermosas
Sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer como lágrimas del día...
Esas... ¡no volverán!"
Rosalía de Castro tampoco se olvida de las flores ni de que las rosas tienen espinas:
"En su cárcel de espinos y rosas
Cantan y juegan mis pobres niños,
Hermosos seres desde la cuna
Por la desgracia ya perseguidos".

Fotografía  Don Rulfo

Flores del amor en los tiempos del cólera


De todos modos iba a enviar una corona de gardenias, por si acaso Jeremiah de Saint – Amour había tenido un último minuto de arrepentimiento. (16)

(Juvenal Urbino) Se levantaba con los primeros gallos, y a esa hora empezaba a tomar sus medicinas secretas: bromuro de potasio para levantar el ánimo, salicilatos para los dolores de los huesos en tiempo de lluvia, gotas de cornezuelo de centeno para los vahídos, belladona para el buen dormir. (16)

Desayunaba en familia, pero con un régimen personal: una infusión de flores de ajenjo mayor… (17)

El doctor Urbino reconoció de cerca la pesadumbre de las ciénagas, su silencio fatídico, sus ventosidades de ahogado que tantas madrugadas de insomnio subían hasta su dormitorio revueltas con la fragancia de los jazmines del patio, y que el sentía pasar como un viento de ayer que nada tenía que ver con su vida. (22)

El portón se había abierto sin ruido, y en la penumbra interior estaba una mujer madura, vestida de negro absoluto y con una rosa roja en la oreja. (23)

… puso en el fogón el agua para el café, se vistió de luto cerrado y cortó en el patio la primera rosa de la madrugada. (27)


la misma ciudad ardiente y árida de sus terrores nocturnos y los placeres solitarios de la pubertad, donde se oxidaban las flores y se corrompía la sal… (28)

Había toda clase de pájaros de Guatemala en las jaulas de los corredores, y alcaravanes premonitorios y garzas de ciénaga de largas patas amarillas, y un ciervo juvenil que se asomaba por las ventanas por comerse los anturios de los floreros (35)

El patio era igual al claustro de una abadía, con una fuente de piedra que cantaba en el centro y canteros de heliotropos que perfumaban la casa al atardecer. (51)

Fermina Daza estaba cambiada sin el uniforme escolar, pues llevaba una túnica de hilo con muchos pliegues que le caían desde los hombros como un peplo, y tenía en la cabeza una guirnalda de gardenias naturales que le daban la apariencia de una diosa coronada (87)

Florentino Ariza, con una camelia blanca en el ojal de la levita, atravesó entonces la calle y se paró frente a ella. (87)

Él le ofreció entonces la camelia que llevaba en el ojal. Ella la rechazó: “es una flor de compromiso”. (88)

Le bastó con un interrogatorio insidioso, primero a él y después a la madre, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera. Prescribió infusiones de flores de tilo para entretener los nervios… (89)

Fue esa la época en que cedió a las ansias de comerse las gardenias que Tránsito Ariza cultivaba en los canteros del patio, y de ese modo conoció el sabor de Fermina Daza. (93)

Trastornado por la dicha, Florentino Ariza pasó el resto de la tarde comiendo rosas y leyendo la carta, repasándola letra por letra una y otra vez y comiendo más rosas cuanto más la leía, y a media noche la había leído tanto y había comido tantas rosas que su madre tuvo que barbearlo como a un ternero para que se tragara una pócima de aceite de ricino. (97)

Ansioso de contagiarla de su propia locura, le mandaba versos de miniaturista grabados con la punta de un alfiler en las puntas de las camelias. (99)

A Fermina Daza le bastó con ver la expresión de malicia radiante de la prima para que retoñara en la memoria de su corazón el olor pensativo de las gardenias blancas, antes de triturar el sello de lacre con los dientes y quedarse chapaleando hasta el amanecer en el pantano de lágrimas de los once telegramas desaforados. (121)

La ansiedad de Fermina Daza se disipó muy pronto, porque el viento fue favorable toda la noche, y el mar tenía un olor de flores que la ayudó a bien dormir sin las correas de seguridad. (136)

El mar parecía de ceniza, los antiguos palacios de marqueses estaban a punto de sucumbir a la proliferación de los mendigos, y era imposible encontrar la fragancia ardiente de los jazmines detrás de los sahumerios de muerte de los albañales abiertos. (149)

- Le he dicho a su hija que está como una rosa.
- Así es - dijo Lorenzo Daza - , pero con demasiadas espinas. (165)

Rogaba a Dios que la centella de la justicia divina fulminara a Fermina Daza cuando se dispusiera a jurar amor y obediencia a un hombre que sólo la quería para esposa como a un adorno social, y se extasiaba en la visión de la novia, suya o de nadie, tendida bocarriba sobre las losas de la catedral con los azahares nevados por el rocío de la muerte, y el torrente de espuma del velo sobre los mármoles funerarios de catorce obispos sepultados frente al altar mayor. (201)

El olor de Fermina Daza se fue haciendo poco a poco menos frecuente e intenso, y por último sólo quedó en las gardenias blancas. (205)

No iba en realidad sino a lo que iba, llevando siempre el regalo único de una rosa solitaria, y desaparecía hasta la siguiente ocasión imprevisible. (245)

Escondido en la penumbra de las lunetas, con una camelia viva latiéndole en el ojal de la solapa por la fuerza del anhelo, Florentino Ariza vio a Fermina Daza abriendo los tres sobres lacrados en el escenario del antiguo del antiguo Teatro Nacional, la noche del primer concurso. Se preguntó que iba a suceder en el corazón de ella cuando descubriera que él era el ganador de la Orquídea de Oro. Estaba seguro de que reconocería la letra, y que en aquel instante habría de evocar las tardes de bordados bajo los almendros del parquecito, el olor de las gardenias mustias en las cartas, el valse confidencial de la diosa coronada en las madrugadas del viento. (265)


Los malos eran los de las fondas lúgubres del puerto, donde lo mismo se comía como un rey o se moría de repente en la mesa frente a un plato de rata con girasoles… (266)

Le llamó la atención por su blancura de nácar, su fragancia de gorda feliz, su inmensa pechuga de soprano coronada por una magnolia artificial. (267)

“Me di cuenta por la manera como le temblaba la flor de la solapa mientras abrían los sobres”. Le mostró la magnolia de peluche que tenía en la mano, y le abrió el corazón:
- yo por eso me quité la mía – dijo. (268)

Desde ese momento, Florentino Ariza la vio con otros ojos. También para ella pasaban los años. Su naturaleza feraz se marchitaba sin gloria, su amor se demoraba en sollozos, y sus párpados empezaban a mostrar la sombra de las viejas amarguras. Era una flor de ayer. (275)

Pasó una esponja sin lágrimas por encima del recuerdo de Florentino Ariza, lo borró por completo, y en el espacio que él ocupaba en su memoria dejó que floreciera una pradera de amapolas. (282)

A la vuelta de unos años los dos rosales se habían extendido como maleza por entre las tumbas, y el buen cementerio de la peste se llamó desde entonces el Cementerio de las Rosas, hasta que algún alcalde menos realista que la sabiduría popular arrasó en una noche con los rosales y le colgó un letrero republicano en el arco de la entrada: Cementerio Universal. (298)

Vieron las murallas intactas, la maleza de las calles, las fortificaciones devoradas por las trinitarias, los palacios de mármoles y altares de oro con sus virreyes podridos de peste dentro de las armaduras.
Volaron sobre los palafitos de las Trojas de Cataca, pintados de colores de locos, con tambos para criar iguanas de comer, y colgajos de balsaminas y astromelias en los jardines lacustres. (310)



Era una típica casa antillana pintada toda de amarillo hasta el techo de cinc, con ventanas de anjeo y tiestos de claveles y helechos colgados en el portal, y asentada sobre pilotes de madera en la marisma de la Mala Crianza. (330)

Hablaban muchas horas, el viejo en la hamaca con su nombre bordado en hilos de seda,lejos de todo y de espaldas al mar, en una antigua hacienda de esclavos desde cuyas terrazas de astromelias se veían por la tarde las crestas nevadas de la sierra. (364)

El lunes, sin embargo, al llegar a su casa de la Calle de las ventanas, tropezó con una carta que flotaba en el agua empozada dentro del zaguán, y reconoció de inmediato en el sobre mojado la caligrafía imperiosa que tantos cambios de la vida no habían logrado cambiar, y hasta creyó percibir el perfume nocturno de las gardenias marchitas, porque ya el corazón se lo había dicho todo desde el primer espanto: era la carta que había esperado, sin un instante de sosiego, durante más de medio siglo. (380)

Pero aún: Los espacios de la memoria donde lograba apaciguar los recuerdos del muerto iban siendo ocupados poco a poco pero de un modo inexorable por la pradera de amapolas donde estaban enterrados los recuerdos de Florentino Ariza. (387)

Salió a una ciudad distinta,enrarecida por las últimas dalias de junio, y a una calle de su juventud por donde desfilaban las viudas de tinieblas de la misa de cinco. (393)


No tenía ni el tono, ni el estilo, ni el soplo retórico de los primeros años del amor, y su argumento era tan racional y bien medido, que el perfume de una gardenia hubiera sido un exabrupto. (399)

Así de vieja como estaba la habían escogido para recibir con un ramo de rosas a Charles Lindbergh cuando vino en su vuelo de buena voluntad… (418)

Una mañana mientras cortaba rosas de su jardín, Florentino Ariza no pudo resistir la tentación de llevarle una en la próxima visita. Fue un problema difícil en el lenguaje de las flores por tratarse de una viuda reciente. Una rosa roja, símbolo de una pasión en llamas, podía ser ofensiva para su luto. Las rosas amarillas, que en otro lenguaje eran las flores de la buena suerte, eran una expresión de celos en el vocabulario común. Alguna vez le habían hablado de las rosas negras de Turquía, que tal vez fueran las más indicadas, pero no había podido conseguirlas para aclimatarlas en su patio.
Después de mucho pensarlo se arriesgó con una rosa blanca, que le gustaban menos que las otras, por insípidas y mudas: no decían nada. A última hora, por si Fermina Daza tenía la malicia de darles algún sentido, le quitó las espinas.
Fue bien recibida, como un regalo sin intenciones ocultas, y así se enriqueció el ritual de los martes. Tanto, que cuando él llegaba con la rosa blanca ya estaba preparado el florero con agua en el centro de la mesita de té. Un martes cualquiera, al poner la rosa, él dijo de un modo que pareciera casual.
- En nuestros tiempos no se llevaban rosas sino camelias.
- Es cierto –dijo ella-, pero la intención era otra, y usted lo sabe.
(422)


- En la sociedad del futuro –concluyó-, usted tendría que ir ahora al camposanto, a llevarnos a ella y a mí un ramo de anturios para el almuerzo. (426)

Fermina Daza dio instrucciones al camarero de que la dejara dormir a su gusto, y cuando despertó había en la mesa de noche un florero con una rosa blanca, fresca, todavía sudada de rocío, y con ella una carta de Florentino Ariza con tantos pliegos como alcanzó a escribir desde que se despidió de ella. (449)

Algunas llevaban los cabellos adornados con hermosas flores de papa que empezaban a desfallecer con el calor. (464)

…el buque salió de la bahía con las calderas sosegadas, se abrió paso en los caños a través de las colchas de tarulla, lotos fluviales de flores moradas y grandes hojas en forma de corazón, y volvió a las ciénagas. (472)

Citas de la Editorial Oveja negra, Colombia 1985 
Fotografias Natalia Nievas