El endemoniado aroma del sándalo

En el libro cuarto de su relato, Pigafetta cuenta lo que le dijeron los nativos de una de las islas en las cuales hicieron escala. Según la experiencia de los nativos, repetida una y mil veces, cada vez que iban a cortar sándalo se les aparecía un demonio que podía tomar varias formas y que les permitía pedir cuanto necesitaran. Esas apariciones, sin embargo, los llenaban tanto de temor que caían enfermos y así quedaban durante varios días.

En la mayor parte de las ediciones de la relación de Pigafetta aparece allí alguna nota del editor de turno o del comentador estudioso. En esas notas, en general, se busca la explicación racional de la experiencia de los nativos de la isla. Dicen, por ejemplo, que quienes trabajan en cortar el sándalo enferman por el intenso aroma que exhala el árbol. Los nativos, ciertamente, se acercaban mucho más a la poesía que los comentadores.

De todas formas la explicación es inútil. ¿Acaso no decían los nativos que el demonio podía tomar diversas formas? ¿Por qué no habría de tomar la impensable forma de un aroma? Nos conviene, como les convenía a los nativos, quedarnos con el demonio y sonreír ante las cándidas explicaciones. Y luego disfrutemos el aroma del sándalo, que mejor huele sin explicación ninguna.

Las hojas huidizas

La descripción de las hojas huidizas está en el libro tercero del relato que Antonio Pigafetta escribió acerca del famoso viaje en el cual supo participar. Se trata, como se sabe, del primer viaje documentado que hicieron los hombres alrededor del mundo. Luego, en general, todos han querido tomar por mero documento histórico el relato del italiano y no le han perdonado, entonces, las mentiras del arte. ¿Qué podía esperarse? Si lo hacen con Heródoto quien era un poeta, por qué no lo iban a hacer con Pigafetta a quien hoy lo definirían casi como un turista.

Cuenta entonces Pigafetta que, llegados a cierta isla, conocieron una especie de árbol cuyas hojas, al desprenderse de las ramas, podían trasladarse solas. Describe esas hojas y dice que son parecidas a las del moral, que “tienen el pezón corto y apuntado y a los costados de éste como dos patas.” Cuando alguien tocaba las hojas éstas huían, pero al estrujarlas no goteaban sangre. Agrega entonces Pigafetta que tuvo una de esas hojas durante nueve días dentro de una caja y que cada vez que abría la caja veía cómo la hoja se movía. Según él creía, “estas hojas viven del aire.”

Los hombres no le creyeron, y algunos hasta buscaron motivos racionales por los cuales a Pigafetta pudiese haberle parecido que las hojas andaban solas. Que la hoja no se movía y la que se movía era la nave… que deliraba al verse rodeado de tanta enfermedad y tanta muerte… que las hojas se movían solas sobre todo cuando el que las observaba había bebido aguardiente… que Pigafetta era sólo un mentiroso…

Cuando se buscan los motivos racionales, porque no se siente o no se soporta la poesía, el resultado es siempre cómico. Sin embargo, el contraste entre la quietud del árbol y el frenesí de sus hojas es extraño y bello. Es fácil imaginar al árbol que engendraba aquellos apéndices huidizos. Quizá se trataba del único árbol que, en la historia del mundo, supo conocer la emoción y el orgullo verdadero. Quizá el árbol se sentía orgulloso y henchía su tronco cada vez que una de sus hojas correteaba libre por el mundo, acaso como un padre que observara a su hijo dar sus primeros pasos.

Los incrédulos comentadores deberían recordar que tampoco Macbeth creyó que el bosque Birnam pudiera moverse. Así le fue. Detrás de la incredulidad suele agazaparse el horror, y desde allí acecha a los hombres.

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