El árbol de la sabiduría

En el comienzo -está escrito- el hombre tuvo acceso al paraíso. Y en ese paraíso la sabiduría toda se escondía en los frutos de un árbol, aquél que se encontrara en el centro del Edén:

“El día en que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había sobre la tierra arbusto ni ninguna planta silvestre había brotado, pues Yahvé Dios no había hecho llover todavía sobre ella, no había hombre que cultivara el suelo. Sin embargo, brotó desde la tierra un manantial y regó toda su superficie.
Entonces, Yahvé formó al hombre con polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y existió el hombre con aliento y vida. Luego Yahvé plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Yahvé hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. Y puso en medio el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia del bien y del mal.”

Génesis 2, 5-10


Las versiones acerca de las consecuencias que acarrearía probar el fruto de dicho árbol varían. En el Génesis se sostiene que quien probara el fruto, hallaría la muerte.
Otros, con espíritu poético han soñado:
«En efecto, el árbol prohibido era el de la sabiduría, el árbol de la ciencia, no sólo del bien y del mal, como dice el Hebreo, sino de lo verdadero y de lo falso, de lo visible y de lo invisible, del cielo y de la tierra, de los animales y de los espíritus. Y tú sabes querido amigo, que sapiencia es potencia, y que ser Dios significa precisamente ser sapiente y potente.»
{…} ¿Cómo fue que Adán y Eva, aunque probaron el fruto prohibido no se volvieron dioses, sino que fueron expulsados por su Dios fuera del hermoso jardín?»
Te explicaré brevemente, si quieres, este aparente misterio. Eva, en la confusión del momento, no advirtió que los frutos del árbol eran muchos y diversos entre ellos, y no oyó lo que le dije; es decir, que no bastaba comer algunos, sino que era necesario despojar enteramente el árbol, es decir, adquirir toda la sabiduría. En cambio apenas hubo comido uno, no tuvo la presencia de espíritu de coger y comer rápidamente todos los demás, y así fue como Jehová tuvo tiempo de darse cuenta del peligro y de poner inmediatamente remedio a él con el destierro perpetuo. Si Adán y Eva se hubieran comido todos los frutos del maravilloso árbol, el Gran Viejo no hubiese podido arrojarlos del Paraíso. Hubieran sido dioses contra Dios, y ningún ángel, por provisto de espadas llameantes que estuviera, los habría puesto en fugo. Dios pudo castigarlos porque no habían pecado enteramente. El pecado original fue castigado porque no fue bastante grande.»

Giovanni Papini: “El demonio me dijo”, en Lo trágico cotidiano.

Aparentemente el hombre ha sido fallido desde el principio.
Papini culmina su extraordinario relato con las palabras del demonio, que con nostalgia, se muestra deseoso por regresar junto a Dios.
El demonio guarda la esperanza de que alguna semilla del árbol hubiera sido arrastrada por el viento, más allá de la muralla que separa al Edén. Y que una vez en la tierra, esa misma semilla germinara para dar lugar al nacimiento de un nuevo árbol.

Espera que el hombre encuentre el árbol y los frutos y que culmine con aquel acto del origen. Pues sabe que si logra que el hombre se convierta en un dios, el Padre de todo -temeroso por la lucha que podría librarse- lo tendría que llamar a él a su lado.

Mientras tanto los hombres, incautos, continuamos en la busca de aquel saber perdido.

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