Las flores del General en su Laberinto

Verbena by Akuppa John Wigham
 
E
l general emergió del hechizo, y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado.
Manuela le leyó durante dos horas. Había sido joven hasta hacía poco tiempo,  cuando sus carnes empezaron a ganarle a su edad. Fumaba una cachimba de marinero, se perfumaba con agua de verbena que era una loción de militares.
El único cambio notable que hizo en los ritos del insomnio aquella noche de  vísperas, fue no tomar el baño caliente antes de meterse en la cama. José  Palacios se lo había preparado desde temprano con agua de hojas medicinales  para recomponer el cuerpo y facilitar  la expectoración, y lo mantuvo a buena  temperatura para cuando él lo quisiera.
De pronto, sin causa aparente, lo acometió un acceso  de tos que pareció estremecer los estribos de la casa.[…] Entonces el general respiró a fondo con los ojos llenos de  lágrimas, y señaló hacia el tocador. «Es por esas flores de panteón», dijo.
Como siempre, pues siempre encontraba algún culpable imprevisto de sus  desgracias. Manuela, que lo conocía mejor que nadie, le hizo señas a José  Palacios para que se llevara el florero con los nardos marchitos de la mañana.

José Palacios la  precedió [a Manuela] con un candil hasta los establos, en torno de un jardín interior con  una fuente de piedra, donde empezaban a florecer los primeros nardos de la  madrugada.

y no faltó quien lo llorara desde los balcones y le tirara una flor y le deseara de todo corazón mar tranquila y próspero viaje.

Los extractos son tomados de una versión electrónica sin paginar de la obra de Gabriel García Márquez, las citas se hacen en continuidad a la lectura.

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